domingo, julio 5

Santiago de los Caballeros vive hoy una paradoja incómoda: mientras el discurso oficial habla de transformación y avances, la percepción ciudadana en urbanizaciones y barrios, redes sociales y conversaciones cotidianas apunta a una gestión que genera más expectativa que resultados tangibles.

Más allá de los números de recaudación o las inauguraciones protocolarias, hay señales preocupantes en la forma en que se comunica y se ejerce el poder municipal.

A prácticamente la mitad de la actual gestión, presentamos cinco razones que explican esa brecha.
1- El vocero de las crisis ha sido el propio alcalde

En una administración moderna, el alcalde no puede —ni debe— ser el primer respondiente de cada emergencia o crítica. Cuando Ulises Rodríguez tiene que salir personalmente a explicar retrasos, justificar la falta de fondos o defender obras paralizadas, se transmite debilidad institucional. El Ejecutivo municipal parece carecer de voceros técnicos o gerentes sectoriales con autoridad y credibilidad suficientes. Esto no solo agota al principal líder, sino que concentra la responsabilidad en una sola figura, haciendo más vulnerable toda la gestión.

2- Un discurso permanente de expectativa, no de soluciones concretas

Durante todo el período se ha mantenido un relato basado en promesas futuras y en las dificultades heredadas. “Estamos trabajando”, “Santiago se transforma”, “pronto verán”, “heredamos una institución debilitada”. Estas frases, repetidas una y otra vez, han sustitución de informes de ejecutorias claras con plazos, presupuestos y resultados medibles. Los santiagueros, cansados de años de espera, demandan menos expectativas y más evidencias. Un discurso que posterga sistemáticamente las soluciones erosiona la confianza.

3- Se privilegian los grandes actos para anunciar obras sin cronogramas visibles de avance

Nada ilustra mejor este patrón que el caso de la nueva estación central de bomberos. Se anuncia con bombos y platillos, se corta cinta, se difunden imágenes… y luego desaparece el seguimiento. ¿En qué porcentaje va la obra? ¿Cuáles son los hitos y las fechas revisadas? Lo mismo ocurre con otras intervenciones anunciadas. Esta cultura del anuncio espectacular sin trazabilidad genera escepticismo y la sensación de que se prioriza la foto del momento sobre la ejecución sostenida.

4- El departamento de prensa reducido a distribuidor de notas

No existe, al parecer, una estrategia comunicacional integral de la corporación edilicia. El área de prensa funciona como un buzón de notas reactivas, sin narrativa unificada, sin manejo proactivo de crisis, sin engagement real en redes ni contrapeso a las críticas que circulan libremente. En la era digital, una alcaldía que no comunica con inteligencia estratégica deja que otros definan su imagen. Falta visión, falta coordinación y, sobre todo, falta una “voz institucional” coherente y creíble.

5- Los proyectos estratégicos tienen el mismo vocero que la tristemente recordada administración Serulle

Este es, quizá, el punto más delicado. El manejo comunicacional de obras y proyectos clave sigue en manos de figuras asociadas a la gestión de Gilberto Serulle, recordada por amplios sectores por su ineficiencia, desorden urbano y percepción de opacidad. Mantener el mismo rostro y el mismo estilo en lo que más importa —la ejecución de lo estratégico— envía un mensaje equivocado: que no hubo un quiebre real en formas y métodos.

Santiago merece un lenguaje y un enfoque nuevos, acordes con las demandas del siglo XXI.

Estas cinco señales no niegan que existan esfuerzos o incrementos en recaudación. Pero sí revelan un problema de fondo: la desconexión entre lo que se anuncia y lo que la gente vive y percibe. Una gestión que aspire a ser histórica no puede permitirse que su principal déficit sea la credibilidad.

Santiago no necesita más anuncios; necesita resultados visibles y una comunicación que reconstruya confianza. Los santiagueros lo merecemos y la actual administración la necesita con urgencia.

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