En política, el liderazgo no se decreta desde una oficina ni se construye únicamente mediante discursos. Se conquista en las calles, se fortalece con resultados y se confirma con la capacidad de mantener una conexión auténtica con la gente. Bajo esa premisa debe analizarse el peso político de Abel Martínez en el Cibao y dentro del Partido de la Liberación Dominicana (PLD).
Durante las últimas semanas, el excandidato presidencial ha recorrido distintas comunidades cibaeñas mediante su iniciativa “Conectar con la Gente”, retomando el contacto directo con dirigentes, simpatizantes y sectores sociales. Esa presencia territorial adquiere especial relevancia en un momento en que el PLD necesita reorganizar sus estructuras, recuperar la confianza ciudadana y definir con claridad el liderazgo que encabezará su proyecto futuro.
A raíz de comentarios atribuidos a Charlie Mariotti, quien afirmó no haber visto a Martínez en determinadas actividades partidarias, el exalcalde de Santiago respondió invitándolo a seguir las plataformas donde se divulga su agenda. Más allá del intercambio, el episodio deja al descubierto un problema de mayor profundidad: la aparente dificultad de algunos sectores del PLD para reconocer y aprovechar adecuadamente a uno de sus principales activos políticos.
Un liderazgo probado contra viento y marea
Abel Martínez asumió la candidatura presidencial del PLD en uno de los momentos más difíciles de la historia reciente de esa organización. Le correspondió representar a un partido golpeado por divisiones internas, cuestionamientos públicos, salidas de dirigentes y una considerable pérdida de respaldo electoral.
Aun en esas circunstancias, realizó una campaña nacional con firmeza, disciplina y sentido de responsabilidad. Dio la cara, recorrió el país y defendió la bandera morada cuando hacerlo implicaba cargar con el desgaste acumulado por toda la organización.
Se puede discutir el resultado de las elecciones, pero sería injusto desconocer las condiciones en que compitió. Martínez no recibió un PLD en su mejor momento; recibió una estructura debilitada y asumió el desafío a pecho abierto. Por eso, medir su liderazgo exclusivamente por los números electorales sería ignorar el contexto y desconocer el sacrificio político realizado.
El excandidato no fue responsable de la crisis que heredó, pero sí tuvo que enfrentar sus consecuencias. Mientras otros tomaban distancia, él permaneció en el terreno defendiendo el proyecto partidario, esa lealtad debería ser valorada, no minimizada.
El PLD sin Abel perdería una parte fundamental del Cibao
El Cibao no es solamente una región geográfica, es el principales centro económico, productivo, electoral y cultural de la República Dominicana, en esta zona convergen la agricultura, la industria, las zonas francas, el comercio, las remesas y una sociedad civil con notable capacidad de incidencia.
En ese territorio, Abel Martínez posee una presencia que pocos dirigentes nacionales pueden exhibir, su liderazgo está vinculado especialmente con Santiago, capital regional y corazón político del norte, pero su reconocimiento trasciende los límites de esa provincia.
Pretender reconstruir al PLD en el Cibao sin otorgarle a Martínez un papel central sería un grave error estratégico, y es que sin su liderazgo, el partido correría el riesgo de convertirse en un barco a la deriva precisamente en la región donde más necesita recuperar organización, credibilidad y competitividad.
Abel representa para el PLD una puerta de entrada a sectores que no necesariamente se identifican de manera automática con esa organización. Su figura conecta con comerciantes, empresarios, profesionales, jóvenes, dirigentes comunitarios y ciudadanos que valoran la capacidad de gestión por encima de las consignas partidarias.
Subestimarlo no solo afectaría al dirigente; perjudicaría directamente las posibilidades del partido.
Una trayectoria sometida al escrutinio público
Martínez ha ocupado algunas de las posiciones más relevantes del Estado dominicano. Fue fiscal de Santiago, diputado, presidente de la Cámara de Diputados durante seis años y alcalde de Santiago por dos períodos consecutivos.
Cada una de esas responsabilidades lo colocó bajo una intensa vigilancia política, institucional y mediática, sin embargo, a lo largo de su carrera no ha sido ni citado y mucho menos condenado por actos de corrupción. En un país donde el ejercicio prolongado del poder suele quedar acompañado de graves cuestionamientos, ese elemento constituye un capital político que no debe ser tratado como un detalle menor.
Su paso por la Alcaldía de Santiago consolidó buena parte de su imagen público, durante ocho años impulsó una gestión marcada por el ordenamiento urbano, la recuperación de espacios públicos, el fortalecimiento institucional y la transformación visual de la ciudad.
Naturalmente, ninguna administración está libre de críticas ni puede considerarse perfecta. Pero incluso muchos de sus adversarios reconocen que Santiago experimentó cambios significativos durante su gestión y que Martínez dejó una impronta claramente identificable.
En política, gobernar bien es importante, pero también lo es construir una percepción ciudadana de autoridad, trabajo y resultados. Abel consiguió ambas cosas.
Una huella que también alcanzó a la juventud
Existe además un aspecto de su trayectoria que merece ser recordado: su trabajo para acercar la Constitución a niños, adolescentes y estudiantes mediante la Constitución Infantil.
Miles de jóvenes conocieron desde las aulas conceptos relacionados con sus derechos, deberes, ciudadanía y organización del Estado. Muchos de aquellos niños son hoy adultos con derecho al voto y recuerdan a Martínez como la figura que promovió esa iniciativa educativa.
Esa conexión generacional representa un patrimonio político poco común, no se trata únicamente de colocar propaganda o pronunciar discursos frente a jóvenes, sino de haber participado en un proyecto que dejó una referencia concreta en su formación ciudadana.
La política suele olvidar que las acciones sembradas durante la niñez pueden convertirse años después en reconocimiento, confianza e identificación. Abel cuenta con esa ventaja y el PLD debería comprender su verdadero alcance.
“Conectar con la Gente”: más que una agenda personal
Los recorridos que Martínez realiza actualmente deben interpretarse como parte de una estrategia de reposicionamiento, pero también como una contribución a la reactivación del propio PLD, cada encuentro comunitario, reunión con dirigentes o acercamiento con sectores productivos puede ayudar a reconstruir puentes que la organización ha perdido.
Su aspiración de alcanzar la Presidencia de la República es legítima y evidente, sin embargo, ese objetivo no necesariamente contradice la unidad partidaria. Por el contrario, una organización política se fortalece cuando sus principales líderes trabajan, recorren el territorio, generan entusiasmo y mantienen vivas sus estructuras.
El PLD debería sentirse estimulado porque uno de sus dirigentes permanece activo, lo verdaderamente preocupante sería que sus figuras nacionales se retiraran, guardaran silencio o abandonaran el contacto con la población.
La unidad no puede utilizarse como argumento para inmovilizar liderazgos, tampoco debe confundirse disciplina partidaria con invisibilidad, un partido que aspira a regresar al poder necesita dirigentes con presencia propia, capacidad de convocatoria y disposición para competir.
El peligro de desperdiciar su principal activo electoral
El PLD atraviesa una etapa en la que debe decidir si continuará administrando nostalgias o si será capaz de construir una nueva propuesta de poder. Para lograrlo necesita renovación, apertura, autocrítica y liderazgos con credibilidad fuera de los organismos internos.
Abel Martínez reúne varias condiciones difíciles de encontrar en una sola figura: experiencia de Estado, conocimiento del Congreso, trayectoria municipal, reconocimiento nacional, arraigo territorial y una vinculación profunda con el Cibao.
Eso no significa que deba estar por encima del partido ni que su liderazgo sea incuestionable. Significa que merece una valoración proporcional a su trayectoria, al sacrificio asumido como candidato presidencial y al potencial electoral que todavía representa.
Los partidos que desperdician sus mejores figuras terminan reducidos a estructuras burocráticas, desconectadas de la sociedad, si dentro del PLD prevalecen las reservas internas, los pequeños intereses o las competencias personales por encima de la visión estratégica, la organización podría cometer el error de debilitar a quien más posibilidades tiene de reconstruir su presencia en el norte.
Abel es una realidad política
Abel Martínez no necesita que le regalen un espacio, su trayectoria, sus resultados y su posicionamiento se lo han ganado, el debate no debería girar en torno a si asistió o no a una actividad determinada, sino sobre cómo integrar su liderazgo a un proyecto capaz de renovar al PLD y volver a conectar esa organización con la sociedad dominicana.
Su impacto en el Cibao es indiscutible, allí posee raíces, historia, estructura y una obra de gobierno que puede mostrar. Pero también conserva una proyección nacional derivada de su experiencia legislativa, municipal y electoral.
El PLD puede debatir mecanismos, candidaturas y estrategias, lo que no debería hacer es actuar como si Abel Martínez fuera una figura secundaria, ignorar su peso equivaldría a renunciar voluntariamente a una parte importante del capital político que todavía conserva el partido.
En tiempos de crisis, las organizaciones inteligentes protegen, proyectan y aprovechan a sus mejores dirigentes. Abel Martínez fue quien asumió la responsabilidad cuando el escenario era adverso. Hoy que vuelve a recorrer el territorio y ratifica su propósito de llegar a la Presidencia, merece ser escuchado, valorado y tomado en cuenta.
Porque si el PLD aspira a recuperar el Cibao y reconstruir una opción nacional de poder, tendrá que comprender una realidad elemental: Abel Martínez no es un problema que deba administrar, sino uno de los principales activos políticos que necesita preservar.
