domingo, junio 28

Hay cargos públicos que parecen venir con más que un despacho, una agenda y un presupuesto. El Ministerio de Educación, al parecer, también trae consigo un cambio de personalidad para algunos de quienes lo ocupan.

El caso más reciente es el del ministro Luis Miguel De Camps, quienes lo trataron durante su gestión al frente del Ministerio de Trabajo recuerdan a un funcionario de trato cercano, que se desplazaba con discreción y sin grandes despliegues, hoy, su llegada a actividades oficiales suele estar acompañada de un amplio esquema de seguridad y logística que llama la atención y genera comentarios.

A esto se suma el malestar que, según periodistas de Santiago, ha generado la relación del ministro Luis Miguel De Camps con la prensa local, en varias actividades oficiales, comunicadores han esperado la oportunidad de entrevistarlo, pero el funcionario se ha retirado sin ofrecer declaraciones ni atender preguntas de los medios presentes. Esa actitud ha sido interpretada por parte de la prensa como un distanciamiento innecesario con los periodistas de la región, quienes consideran que la transparencia también implica responder a los cuestionamientos de los medios.

Un ministro de Educación no solo debe administrar un presupuesto multimillonario y dirigir el sistema educativo; también debe mantener una comunicación abierta con la ciudadanía a través de la prensa. La cercanía con la gente, la disposición a rendir cuentas y la humildad para responder preguntas fortalecen la confianza pública. Al final, el cargo no debería convertir a un funcionario en alguien inaccesible, sino en un servidor más comprometido con escuchar y explicar sus decisiones.

Pero este fenómeno no es nuevo.

Muchos aún recuerdan cuando Melanio Paredes ordenó la construcción de un ascensor de uso exclusivo en la sede del Ministerio de Educación, una decisión que en su momento fue ampliamente criticada por proyectar una imagen de privilegio en una institución encargada de administrar los recursos destinados a la educación pública.

Más adelante llegó Ángel Hernández, cuya forma de manejarse también fue objeto de críticas, su rigidez y el aparato que rodeaba sus actividades oficiales hicieron que muchos terminaran apodándolo “el señor Miyagi”, en referencia al personaje de la película Karate Kid.

Ahora las miradas vuelven a dirigirse hacia Luis Miguel De Camps, aunque es legítimo que un funcionario cuente con las medidas de seguridad que determinen los organismos competentes, también es válido preguntarse si estos despliegues responden a una necesidad real o si terminan enviando un mensaje equivocado a una ciudadanía que espera cercanía, humildad y eficiencia de sus servidores públicos.

En un país donde miles de escuelas aún enfrentan necesidades de infraestructura, mobiliario y personal, las imágenes de caravanas, escoltas y protocolos excesivos contrastan con la realidad cotidiana de estudiantes y docentes.

Los cargos públicos son temporales, lo permanente debería ser la sencillez, la cercanía con la gente y la conciencia de que quienes ocupan esos puestos lo hacen para servir, no para distanciarse de la ciudadanía.

No obstante, también es justo reconocer que, hasta el momento, Luis Miguel De Camps ha mantenido una gestión con menos controversias públicas que algunos de sus antecesores. A diferencia de otros ministros de Educación, su administración no ha estado marcada por grandes escándalos relacionados con el manejo de la cartera y ha logrado mantener una relación menos conflictiva con la Asociación Dominicana de Profesores (ADP).

Aunque han surgido diferencias propias del sistema educativo, estas no han escalado a los niveles de confrontación que caracterizaron gestiones anteriores, cuando las disputas entre el Ministerio y el gremio docente eran frecuentes y acaparaban la agenda pública.

Ese aspecto ha sido valorado por distintos sectores, al considerar que un clima de mayor diálogo contribuye a la estabilidad del sistema educativo, aunque ello no exime al ministro de las críticas sobre su nivel de accesibilidad y comunicación con la prensa y la ciudadanía.

Porque la pregunta sigue siendo la misma: ¿es el Ministerio de Educación el que cambia a los ministros, o son los ministros quienes olvidan cómo eran antes de llegar al cargo?

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