lunes, julio 20

La percepción generalizada es que la situación se está saliendo de control

Hay un momento en que una ciudad deja de sentirse segura, aunque los informes oficiales aseguren lo contrario. No ocurre necesariamente cuando aumentan todos los delitos ni cuando la tasa de homicidios alcanza su nivel más alto. Sucede cuando salir de noche vuelve a exigir cálculos, cuando detenerse frente a una vivienda se convierte en motivo de sospecha, cuando un motor que se aproxima obliga a proteger el teléfono y cuando la presencia de una patrulla no siempre produce tranquilidad. En definitiva, son momentos donde muchas personas en Santiago volvieron a experimentar una sensación de miedo intensa.

Santiago parece haber llegado nuevamente a tener miedo.

Desde el Ministerio de Interior y Policía se presenta una historia distinta a la que siente y percibe la ciudadanía. El gobierno insiste en presentar reducciones históricas, patrullaje focalizado, operativos conjuntos y fortalecimiento de la capacidad preventiva. No obstante, Santiago volvió rápidamente a tener miedo según la sensación en sus calles.

Los números nacionales respaldan una parte de ese discurso: al 10 de julio de 2026, la tasa acumulada de homicidios se situaba en 7.00 por cada 100,000 habitantes, frente a 12.29 en igual período de 2023, 9.96 en 2024 y 8.27 en 2025. Se trata, indudablemente, de una evolución positiva según la evaluación que se hace el mismo Ministerio.

Pero el problema no parece ser solo la tasa de homicidios. Incluso en redes sociales se cuestiona que esta no camina por los barrios, no espera conchos en esquinas inseguras y no regresa a casa después de una jornada nocturna entre el miedo y el espanto. Y así es como Santiago volvió, por diferentes motivos, a tener miedo en muchos de sus rincones.

El homicidio es el indicador más grave de la violencia y uno de los más confiables para comparar territorios. Pero no es el único que determina la percepción de seguridad.

Una persona no necesita ser asesinada para sentir que vive en una ciudad insegura. Basta con haber sido despojada de su motocicleta, perseguida por dos hombres, amenazada con un arma, golpeada durante un atraco o enterarse de que otro residente del sector fue atacado en la misma calle que transita diariamente. Por estos relatos cotidianos, no sorprende que, otra vez, Santiago volvió a tener miedo.

Existe una diferencia entre la seguridad provincial y la seguridad barrial. Una tasa promedio puede esconder focos territoriales donde la presencia estatal es débil, intermitente o exclusivamente represiva. Santiago no es una sola realidad: la experiencia de seguridad del centro urbano no necesariamente coincide con la de Gurabo, Pekín, Cienfuegos, Los Salados, La Otra Banda, Hato del Yaque o las comunidades de sus municipios periféricos.

El propio informe policial de marzo reconocía que los robos se concentraban principalmente en horas nocturnas y que, dentro de las propiedades más sustraídas, figuraban objetos de uso cotidiano. Al mismo tiempo, reportaba centenares de miles de acciones preventivas, depuraciones y operativos nacionales.

La pregunta resulta inevitable: ¿cómo puede desplegarse una maquinaria operativa de semejante magnitud sin que una parte de la ciudadanía perciba una mejoría equivalente? Al parecer, Santiago volvió a tener miedo a pesar de todo.

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