viernes, marzo 13

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que marchar contra la corrupción era casi un acto de moda. Camisetas verdes primero, luego negras, consignas correctas, rostros conocidos y selfies para la historia. Era la era de la Marcha Verde y la Marcha Negra, encabezadas por una “sociedad civil” bien peinada, bien hablada y bien conectada.

Entre esos rostros figuraba Yamileth Hazim, hija de Santiago Hazim, entonces director del Seguro Nacional de Salud (Senasa), médico reconocido y símbolo —para muchos— de una ética pública que se proclamaba incuestionable.

Pero la historia dominicana insiste en una lección recurrente: el poder es un boomerang. Y cuando de martillo se pasa a clavo, el ruido duele distinto.

Hoy, la protesta anticorrupción por el caso Santiago Hazim refleja el reverso de aquel relato épico. Las consignas que antes se gritaban contra “los otros”, ahora apuntan hacia adentro, hacia figuras que antes parecían intocables.

La calle cambió de rostro y de voz

La protesta ya no tuvo como escenario la Plaza de la Bandera ni como protagonistas a los mismos sectores de siempre. Esta vez, el epicentro fue el Palacio de Justicia de Ciudad Nueva, y la calle habló con otra voz.

Raperos, comunicadores incómodos, colectivos populares y ciudadanos sin apellidos ilustres tomaron el megáfono. Figuras como miembros del movimiento Somos Pueblo, Alofoke, Toxic Crow y personas de a pie encabezaron una movilización que evidenció un cambio profundo: la anticorrupción dejó de ser un club exclusivo.

La indignación se democratizó.

El silencio que delata

Las preguntas son inevitables:

¿Dónde están ahora los autoproclamados guardianes de la moral pública?
¿Dónde están los comunicados, los editoriales inflamados, las marchas simbólicas?
¿Dónde quedó el “no más corrupción” cuando los señalados son “de los nuestros”?

El caso que involucra a Santiago Hazim ha sacudido fibras sensibles no solo por la magnitud de los señalamientos en Senasa, sino porque rompe el mito del funcionario intocable, del médico bueno, del rostro respetable que no cae.

Credibilidad moral en crisis

Aquí no se trata únicamente de un expediente judicial. Se trata de coherencia, de credibilidad moral y de la diferencia entre usar la lucha anticorrupción como consigna o asumirla como principio, incluso cuando duele en casa.

Y mientras la calle hierve, el contraste se vuelve grotesco.

Tony Peña Guaba aparece grabando un comercial navideño, copa de vino en mano, sillón reclinable, sonrisas y brindis, como si el país no estuviera atravesando un vendaval ético. No es solo mal gusto, es desconexión total con el momento histórico.

Un cambio de época

Lo que ocurre no es una protesta más. Es un síntoma de algo mayor: la lucha contra la corrupción ya no tiene dueños, no responde a ONG selectas ni a apellidos influyentes. Ahora tiene barrio, tiene ritmo y tiene rabia acumulada.

Y eso incomoda.

Porque cuando el pueblo aprende a señalar sin pedir permiso,
cuando el clavo empieza a hablar,
ni el martillo duerme tranquilo.

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