El punto ciego de la intolerancia
Hay debates que, más que abrir conversaciones, parecen cerrarlas. En ellos, opinar no implica reflexionar, sino alinearse. Y disentir no es pensar distinto, sino ubicarse del lado “equivocado” de la historia. En ese terreno, la intolerancia no siempre se manifiesta como agresión abierta, sino como una certeza inamovible que no admite matices.
El caso venezolano y las narrativas que circulan en torno a una supuesta invasión o al posible apresamiento del presidente Nicolás Maduro han puesto en evidencia esta dinámica. No tanto por el contenido de las posturas, sino por la forma en que se defienden. Desde distintas corrientes ideológicas —tanto de derecha como de izquierda— se impone la idea de que solo una lectura es legítima, mientras cualquier otra es descalificada, ridiculizada o moralmente anulada.
El problema no es tener una posición firme, sino confundir convicción con verdad absoluta. Cuando eso ocurre, el pensamiento crítico es sustituido por consignas y la complejidad política se reduce a narrativas binarias: buenos y malos, correctos e incorrectos, conscientes e ignorantes. En ese esquema, escuchar deja de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una amenaza.
Ese es el punto ciego de la intolerancia: no advertir que al invalidar al otro también se empobrece el debate. Se habla de democracia mientras se niega la pluralidad. Se defiende la libertad, pero solo dentro de los márgenes de lo aceptable para el propio grupo. La intolerancia, entonces, no se percibe como tal; se justifica como coherencia, como lucidez, como superioridad moral.
Pensar una realidad tan compleja como la venezolana exige algo más incómodo: la capacidad de sostener una opinión sin negar la legitimidad del disenso. Entender no es justificar. Matizar no es claudicar. Dudar no es debilidad, sino una forma honesta de pensamiento.
Tal vez el mayor desafío de este tiempo no sea elegir un bando, sino resistir la tentación de creer que pensar distinto invalida al otro. Porque cuando la certeza se convierte en dogma y la ideología sustituye a la escucha, la intolerancia deja de ser una opinión fuerte y pasa a ser una forma de ceguera colectiva: todos creen ver con claridad, pero nadie está realmente mirando.
Alfonsina Honoret
Comunicadora y política

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