jueves, abril 23

El encuentro histórico con Benedicto XVI revela profundas reflexiones sobre la fe y el poder contemporáneo en relación con la República Dominicana actual

Roma tiene una manera peculiar de guardar los secretos: no los esconde, los deja flotar.

Roma tiene una manera peculiar de guardar los secretos pues no los esconde sino que simplemente los deja flotar en sus patios antiguos.

Se quedan suspendidos en el aire tibio de sus patios, en la piedra gastada de sus escaleras, en el murmullo de los jardines donde la historia no se anuncia, pero respira.

Fue en el corazón del Vaticano donde comenzó para mí una de esas historias que no se olvidan porque no pertenecen totalmente al pasado.

A mediados del año dos mil catorce una crisis institucional amenazó con estallar en torno a la dirección de la Universidad Católica Madre Maestra.

A solicitud de monseñor Agripino Núñez Collado procedí a realizar gestiones con figuras importantes de la Santa Sede para buscar una solución definitiva.

Tuve la encomienda de conversar con el papa emérito Benedicto XVI pero cuando me concedió la audiencia el problema ya estaba en vías de solución.

Hablamos de otros temas importantes durante una conversación que duró casi una hora en su residencia privada dentro de los jardines del Vaticano.

Benedicto XVI ya no era el pontífice reinante sino el papa emérito habiendo dejado el peso visible del poder pero no su gran lucidez.

En un momento de la conversación refiriéndose a la situación de la República Dominicana mencionó algo que me quedó grabado con mucha precisión hoy.

Se refería al propósito de promover en nuestro país políticas vinculadas al aborto en el contexto de la acción diplomática de los Estados Unidos.

Era la percepción de que el mundo había entrado en una nueva fase donde los valores ya no se discuten solamente en los parlamentos.

El poder contemporáneo no siempre avanza con ruido sino con persistencia transformando las conciencias a través de una influencia que actúa como una imposición.

Lo que expresó Benedicto XVI aquella mañana no fue una acusación política formal sino una preocupación profunda sobre el destino de nuestra identidad nacional.

Hablaba quien había reflexionado durante décadas sobre la relación entre la verdad y el poder entre la fe y la compleja modernidad del mundo.

Hoy aquella conversación adquiere un significado distinto como testimonio de una percepción clara de que el mundo no es neutral en materia de principios.

Roma no revela sus secretos de inmediato sino que los deja madurar permitiendo que se comprendan en su verdadera dimensión con el paso del tiempo.

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