martes, julio 21

Hay una pregunta que comienza a resonar con fuerza en los pasillos políticos de Santiago y que la dirigencia nacional del Partido Revolucionario Moderno (PRM) no puede seguir ignorando: ¿para qué sirve el liderazgo político de Santiago dentro del partido?

Porque, si se observan los hechos, la respuesta parece ser una sola: para ganar elecciones.

Cuando llega una campaña, Santiago se convierte en territorio estratégico. Sus dirigentes son llamados a movilizar estructuras, recorrer barrios, organizar actividades y garantizar votos para el candidato presidencial, para las autoridades municipales o para la propia dirección partidaria. Sin embargo, una vez concluye la batalla electoral, muchos de esos mismos líderes parecen desaparecer del mapa de las grandes decisiones nacionales.

La próxima renovación de la Dirección Ejecutiva del PRM representa una prueba de fuego, el partido amplió ese organismo de 60 a 65 miembros y ha planteado una renovación cercana al 30 %. Es el momento ideal para reconocer liderazgos territoriales con resultados demostrados.

La gran interrogante es si Santiago volverá a quedarse mirando desde las gradas, resulta difícil comprender cómo dirigentes con un peso político evidente continúan sin ocupar espacios de mayor influencia dentro del partido.

El caso de Andrés Cueto es probablemente uno de los más representativos, ha dirigido dos instituciones particularmente complejas: primero EDENORTE y actualmente CORAASAN. Ambas entidades están permanentemente bajo el escrutinio público debido a la naturaleza de los servicios que ofrecen. Administrar organismos de esa magnitud requiere capacidad política, manejo de crisis y experiencia administrativa. Aun así, su nombre rara vez aparece entre las principales apuestas para posiciones de dirección nacional dentro del PRM.

Más llamativo aún es que, sin haber manifestado nunca aspiraciones presidenciales, Andrés Cueto ha sido incluido en diversas mediciones de opinión relacionadas con el liderazgo político del partido, obteniendo porcentajes que, aunque modestos, reflejan un nivel de reconocimiento nacional poco común para un dirigente cuya gestión se ha concentrado en la administración pública.

De igual forma, también ha sido mencionado en encuestas para una eventual candidatura a la Alcaldía de Santiago, lo que evidencia que su nombre tiene presencia en el escenario político y genera valoración entre distintos sectores. Sin embargo, esa realidad no parece traducirse en una mayor consideración por parte de la dirección nacional del PRM.

Lo mismo ocurre con Rosa Santos, una dirigente que ha permanecido durante los seis años del gobierno de Luis Abinader como gobernadora de Santiago, una de las provincias con mayor peso político y electoral del país. En distintos momentos se rumoró que sería designada en posiciones de mayor alcance, como el Plan Social de la Presidencia u otras responsabilidades de primer nivel. Ninguna de esas posibilidades se concretó.

Paradójicamente, mientras Rosa Santos se mantiene como una de las figuras más visibles del oficialismo en Santiago y Andrés Cueto administra dos de las instituciones públicas más sensibles de la región Norte, ambos continúan sin ocupar espacios relevantes dentro de la estructura política nacional del partido.

Entonces surge otra pregunta incómoda:

¿Es que estos dirigentes solo tienen valor cuando hay que ganar elecciones?

Porque una cosa es administrar instituciones públicas y otra muy distinta es participar en la toma de decisiones políticas del partido. Y precisamente ahí parece existir un muro que los dirigentes del Cibao no logran cruzar.

El problema no se limita a nombres específicos. Es una percepción cada vez más extendida de que la dirección nacional del PRM mantiene una visión excesivamente centralista, donde las decisiones más importantes siguen concentrándose alrededor del Gran Santo Domingo, mientras las provincias, aunque aporten una enorme cantidad de votos, continúan relegadas a un segundo plano.

Santiago no es cualquier provincia.

Es la segunda plaza electoral del país, uno de los principales motores económicos de la República Dominicana y un bastión determinante para cualquier proyecto presidencial. Sin embargo, esa fortaleza electoral no parece traducirse en un peso proporcional dentro de la estructura política nacional del partido oficialista.

Y eso termina enviando un mensaje peligroso.

Que el mérito, la capacidad de movilización, la experiencia de gobierno y los resultados electorales no necesariamente garantizan espacios de poder dentro del PRM.

Si la renovación de la Dirección Ejecutiva vuelve a dejar fuera a figuras representativas de Santiago, especialmente a dirigentes con trayectoria como Rosa Santos y Andrés Cueto, el mensaje será claro: el Cibao aporta votos, pero otros deciden.

Ningún partido puede sostener indefinidamente esa lógica sin generar frustración entre sus propias bases. El PRM nació prometiendo una nueva forma de hacer política, con mayor participación, apertura y reconocimiento al liderazgo territorial. Esa promesa también debe reflejarse en la distribución del poder interno.

La renovación que se aproxima no debería convertirse únicamente en un relevo generacional. Debe ser también una oportunidad para corregir un desequilibrio territorial que lleva años alimentando el descontento silencioso de importantes sectores de la militancia.

Porque los dirigentes de Santiago no pueden seguir siendo vistos únicamente como eficientes jefes de campaña.

También tienen derecho a sentarse en la mesa donde se toman las decisiones.

De lo contrario, seguirá fortaleciéndose una percepción que cada vez se escucha con mayor frecuencia en el Cibao: para la dirección nacional del PRM, Santiago es indispensable para ganar elecciones, pero prescindible cuando llega la hora de repartir el poder.

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