Kinshasa, República Democrática del Congo — 21 de agosto de 2026. La organización humanitaria Save the Children informó que al menos 180 niños y niñas han quedado huérfanos en la República Democrática del Congo (RDC) desde que comenzó el brote de ébola hace 100 días, lo que equivale a casi dos menores cada día. La cifra refleja el impacto devastador que la epidemia está teniendo sobre la infancia en el país.
Niños sin padres y en riesgo extremo
Los datos oficiales de la División Provincial de Asuntos Sociales de Ituri —epicentro del brote— confirman que 90 niños y 90 niñas perdieron a ambos progenitores o cuidadores debido al virus. La mayoría está ahora bajo el cuidado de familiares o en centros estatales mientras se buscan soluciones de protección a largo plazo.
Además, 114 menores permanecen separados de sus padres, quienes reciben tratamiento contra el ébola. Estos niños enfrentan riesgos elevados de trata de personas, explotación sexual, violencia física, reclutamiento forzoso por grupos armados y graves consecuencias psicológicas.
Miles de niños han perdido a uno de sus cuidadores
Save the Children advierte que miles de menores han perdido a uno de sus padres o cuidadores, lo que los expone a abusos, estigmatización y aislamiento en comunidades donde los sistemas de protección ya están sobrecargados. Las familias, debilitadas por la crisis, luchan por ofrecer apoyo emocional y seguridad.
El brote más mortífero en la historia de la RDC
El brote declarado el 15 de mayo se ha convertido en el más mortífero registrado en el país. Según el Ministerio de Salud, se han confirmado 4.945 casos y 2.325 muertes, incluyendo 800 niños infectados y 357 menores fallecidos, lo que representa casi un tercio de todas las muertes confirmadas.
Save the Children señala que la cifra real podría ser mayor debido a la dificultad para registrar casos en zonas remotas.
Respuesta humanitaria en marcha
La organización ha desplegado equipos en Ituri y otras zonas afectadas para ofrecer apoyo psicosocial, espacios seguros para niños y acompañamiento familiar. Sin embargo, advierte que la magnitud de la crisis exige más recursos, más personal y más protección para evitar que los menores queden expuestos a redes criminales o sufran daños irreversibles.
