Con el cierre del año escolar surge una pregunta que miles de padres, estudiantes y ciudadanos podrían hacerse: ¿dónde está la Asociación Dominicana de Profesores (ADP)? Durante meses, prácticamente todas las semanas, distintas seccionales del gremio protagonizaron paros, marchas, piquetes y protestas en demanda de reivindicaciones laborales, nombramientos, mejoras de infraestructura e incentivos económicos.
Sin embargo, ahora que los estudiantes están de vacaciones y que cualquier manifestación no afectaría el calendario escolar, el silencio parece imponerse.
Durante el período escolar 2025-2026, numerosas seccionales de la ADP convocaron paralizaciones que dejaron miles de horas de docencia perdidas.
Las protestas se registraron en provincias como Santiago, Moca y otras demarcaciones del país, afectando tanto a las escuelas públicas como a centros educativos subvencionados por el Ministerio de Educación. Quienes terminaron pagando el costo de esos conflictos no fueron los funcionarios del Gobierno, sino los estudiantes, especialmente aquellos de familias con menos recursos, que dependen exclusivamente de la escuela pública para recibir educación.
La gran interrogante es sencilla: si las reivindicaciones son tan urgentes, ¿por qué no realizar las protestas durante las vacaciones escolares? ¿Qué impide organizar marchas, concentraciones o jornadas de presión en julio y agosto, cuando las aulas están vacías y ningún niño pierde una sola hora de aprendizaje? La respuesta parece incómoda porque deja al descubierto una realidad evidente: la presión solo tiene impacto cuando se interrumpe el servicio educativo.
En junio, la ADP volvió a concentrar su discurso en temas económicos y laborales, rechazó cualquier iniciativa que planteara descuentos salariales a los docentes que participan en paros, defendiendo el derecho constitucional a la protesta.
También exigió que los incentivos derivados de la Evaluación del Desempeño Docente fueran pagados en julio de manera retroactiva y en un solo desembolso. Además, rechazó la propuesta de extender el calendario escolar por dos semanas, alegando que esa medida no consideraba la salud ni las condiciones laborales de los maestros.
Sin embargo, llama la atención que cuando se trata de suspender docencia para realizar protestas, el argumento sobre el bienestar físico y emocional de los estudiantes parece desaparecer del debate. Cada paro implica interrupciones en el proceso de aprendizaje, alteraciones en la planificación académica y mayores dificultades para recuperar contenidos, especialmente en un sistema educativo que ya enfrenta enormes desafíos en materia de calidad.
Es innegable que los maestros tienen derecho a reclamar mejores condiciones laborales, nadie puede cuestionar la importancia de exigir escuelas dignas, personal suficiente, infraestructura adecuada y salarios justos. Un buen sistema educativo también necesita docentes bien remunerados y respetados. Pero ese derecho no debería ejercerse sacrificando el derecho de los estudiantes a recibir educación de manera continua.
El verdadero problema no radica en protestar, sino en el momento y la forma en que se protesta, cuando la herramienta principal consiste en cerrar escuelas y suspender clases, el mensaje que se transmite es que el estudiante deja de ser el centro del sistema educativo para convertirse en un instrumento de presión contra el Gobierno.
Esa realidad genera un profundo rechazo en muchos padres que observan cómo sus hijos acumulan días sin recibir docencia mientras las diferencias entre el gremio y las autoridades permanecen sin solución.
Paradójicamente, durante las vacaciones muchos centros educativos desarrollan actividades recreativas para sus docentes. Algunas cooperativas organizan excursiones, convivencias y viajes, iniciativas perfectamente válidas como reconocimiento al esfuerzo realizado durante el año. Sin embargo, resulta inevitable preguntarse por qué la ADP no aprovecha precisamente ese período para convocar las grandes movilizaciones nacionales que tanto protagonismo tienen durante el calendario escolar.
Si realmente el objetivo es presionar al Ministerio de Educación y al Gobierno, las vacaciones representan un escenario ideal para hacerlo sin perjudicar a los alumnos.
Marchas frente al MINERD, vigilias, concentraciones permanentes, cadenas humanas, manifestaciones frente al Palacio Nacional o cualquier otra modalidad de protesta mantendrían intacto el derecho de los maestros a reclamar, pero también respetarían el derecho de miles de niños y adolescentes a completar su formación académica sin interrupciones.
La educación dominicana enfrenta resultados preocupantes en evaluaciones nacionales e internacionales, recuperar aprendizajes perdidos debería ser una prioridad compartida entre autoridades, docentes y sociedad. Cada hora de clase tiene un valor enorme para estudiantes que muchas veces solo encuentran en la escuela la oportunidad de romper el círculo de la pobreza.
La ADP sostiene que lucha por una mejor educación, si esa afirmación es coherente con sus acciones, entonces también debería incorporar como principio fundamental la defensa del tiempo de aprendizaje de los estudiantes. La calidad educativa no depende únicamente de mejores salarios o de infraestructura adecuada; también exige estabilidad, continuidad y compromiso con el calendario escolar.
Los estudiantes no participan en las negociaciones salariales, no administran el presupuesto nacional, no nombran funcionarios ni toman decisiones políticas. Aun así, son quienes terminan cargando con las consecuencias de cada paro docente. Esa contradicción merece una profunda reflexión dentro del propio gremio.
La ADP tiene el derecho de protestar, lo que también tiene es la responsabilidad moral de hacerlo procurando que los menos perjudicados sean precisamente aquellos por quienes existe el sistema educativo: los estudiantes. Porque una protesta que sacrifica el aprendizaje de miles de niños difícilmente puede presentarse como una victoria para la educación. El desafío no es dejar de reclamar, sino demostrar que es posible hacerlo sin convertir las aulas vacías en el principal mecanismo de presión.
