jueves, junio 11

Por: Oliver Roosevelt Sánchez Guillén

La temporada de ondas tropicales ha comenzado formalmente, reactivando uno de los fenómenos meteorológicos más influyentes para el clima de nuestra región. También conocidas como ondas del este o africanas, estas perturbaciones atmosféricas se desplazan por los niveles bajos y medios de la tropósfera (la capa más superficial de la atmósfera). Tienen su origen en el continente africano y recorren miles de kilómetros a través del océano Atlántico tropical, impulsadas de este a oeste por los vientos alisios a una velocidad promedio de 25 a 40 km/h. Año tras año, estos sistemas se consolidan como una de las principales fuentes de lluvia para el Caribe, Centroamérica y el sur de Estados Unidos.

Este periodo de actividad se extiende de mayo a noviembre, coincidiendo con la temporada de ciclones tropicales de los océanos Atlántico y Pacífico. Cada año se forman entre 30 y 60 ondas tropicales, y su monitoreo constante es crucial para la meteorología debido a su potencial para transformarse en fenómenos severos. De hecho, cerca del 60% de los huracanes de categoría 1 y 2, y aproximadamente el 85% de los huracanes mayores (categorías 3, 4 o 5), nacen a partir de estas perturbaciones. Históricos y devastadores ciclones como David (1979), Georges (1998), Irma y María (2017), o Melissa (2025), comenzaron su ciclo de vida como simples ondas africanas.

El nacimiento de estas ondas se debe a que el continente africano reúne condiciones geográficas e hidroclimatológicas perfectas. El factor desencadenante es el fuerte choque térmico entre el aire seco y cálido del desierto del Sahara y el aire húmedo y fresco de la selva africana y el Atlántico. Esta interacción, potenciada por el relieve montañoso de la región y por una corriente de vientos en la tropósfera media conocida como el Chorro Africano del Este, genera las ondulaciones en los vientos alisios que dan origen a las ondas tropicales.

Para que una onda evolucione y se convierta en un ciclón tropical, necesita un entorno con características muy específicas: temperaturas en la superficie del mar de al menos 26 °C, abundante humedad, inestabilidad atmosférica y una baja cizalladura del viento (es decir, poca variación en la fuerza y dirección del viento con la altura). Además, cuando estos sistemas se aproximan al Caribe, muchas veces suelen interactuar con vaguadas en la alta tropósfera. Este encuentro provoca un «estallido convectivo», un proceso que acelera el ascenso de la humedad y genera intensas zonas de tronadas y precipitaciones.

Es fundamental aclarar que una onda tropical no es lo mismo que un ciclón tropical. Para completar su transición a ciclón, la onda debe desarrollar una circulación de vientos cerrada alrededor de un centro de baja presión y mantener tormentas persistentes en su núcleo. Sin embargo, una onda tropical por sí sola representa un peligro latente, ya que puede generar vientos con fuerza de tormenta tropical antes de organizarse de manera oficial. Un ejemplo de esto ocurrió en 2003 con el sistema que dio origen al huracán Claudette, el cual registró vientos de hasta 72 km/h mucho antes de ser clasificado formalmente como ciclón.

El autor de este artículo es divulgador científico, articulista y comunicador especializado en meteorología y sismología. Residente en Santiago de los Caballeros.

Correo electrónico: infooliverroosevelt@gmail.com

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