jueves, mayo 21

La República Dominicana convive con una intensa actividad sísmica debido a las múltiples fallas geológicas activas que atraviesan su territorio. Entre todas ellas, la más extensa e importante es la Zona de Falla Septentrional. Esta estructura abarca unos 228 kilómetros dentro del territorio nacional, cruzando todo el norte del país desde la bahía de Samaná hasta la bahía de Manzanillo, en Montecristi. Históricamente, esta falla ha sido la responsable de varios de los terremotos más severos registrados en la isla.

Si se produjera un sismo de gran magnitud en esta falla, la región del Cibao sufriría el impacto principal. Ciudades y municipios clave como Santiago de los Caballeros, San Francisco de Macorís, La Vega, Salcedo, Moca y Nagua se encuentran a muy pocos kilómetros de esta amenaza subterránea. El riesgo humano es inmenso: de acuerdo con el censo de 2022, tan solo entre Santiago, San Francisco de Macorís y La Vega se concentra una población que supera el millón doscientos mil habitantes viviendo en las proximidades directas de la falla. Debido a esto, expertos internacionales en geología y sismología coinciden en que la estructura es sumamente peligrosa y tiene el potencial de generar terremotos con magnitudes superiores a 7.0.

El panorama se vuelve más preocupante al analizar el tiempo que la falla lleva acumulando energía. A mediados de los años noventa, especialistas del Servicio Geológico de Estados Unidos realizaron estudios profundos en el tramo central de la falla, entre Licey y Cenoví, y descubrieron que el último gran terremoto en esa zona ocurrió alrededor del año 1200 después de Cristo. Esto significa que esa sección lleva más de 800 años sin liberar energía. Tomando en cuenta que el terreno se desplaza de manera natural entre 6 y 12 milímetros por año, se calcula que la deformación acumulada es de entre 4 y 9 metros. Si toda esa fuerza acumulada se liberara de golpe, el impacto podría provocar un terremoto de magnitud 8.0 o incluso mayor.

A la inactividad de la falla se suma una característica natural de la región: el tipo de suelo. El Valle del Cibao está compuesto en gran parte por terrenos limosos y arcillosos que son de consistencia blanda. Cuando ocurre un sismo, este libera diferentes tipos de ondas de energía que viajan a través de la tierra a distintas velocidades. El gran inconveniente de los suelos blandos es que, al ser atravesados por estas ondas, la velocidad del temblor disminuye, pero la altura y fuerza de las ondas aumentan. Esto amplifica el poder destructor del sismo y hace que la sacudida dure mucho más tiempo del normal.

El peligro de la combinación entre suelos blandos y terremotos ha quedado demostrado en catástrofes internacionales. Un ejemplo de ello ocurrió en el terremoto de México de 1985, donde las ondas viajaron cientos de kilómetros y se amplificaron al llegar al suelo blando de la capital, provocando una destrucción masiva y miles de muertes. De igual forma, el sismo de Haití en 2010 evidenció cómo los terrenos poco rígidos multiplican los daños si no se cuenta con la preparación adecuada.

Por último, el Cibao, y de manera muy notable la ciudad de Santiago, ha experimentado un crecimiento urbano acelerado en las últimas décadas, reflejado en la construcción de modernas torres residenciales de gran altura. Sin embargo, este desarrollo contrasta con una realidad preocupante: una cantidad considerable de las edificaciones de la región se han levantado sin cumplir rigurosamente con las normativas de resistencia sísmica necesarias. Ante la certeza científica de que la Falla Septentrional u otras estructuras cercanas volverán a activarse, la falta de preparación en las infraestructuras representa el mayor peligro para la seguridad de la población cibaeña.

Elaborado por: Oliver Roosevelt Sánchez Guillén

El autor es divulgador científico, articulista y comunicador especializado en meteorología y sismología, y reside en Santiago de los Caballeros

Correo: infooliverroosevelt@gmail.com

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