lunes, abril 20

El silencio, en política, nunca es neutro. Por el contrario, el silencio es una posición. Sin embargo, cuando ese silencio se produce frente a denuncias de corrupción que sacuden las entrañas del poder, deja de ser prudencia. Entonces se convierte en complicidad por omisión.

A raíz de los escándalos que hoy arropan al gobierno —ya sea por el caso conocido como Cobra o por las denuncias que gravitan en torno a SENASA, una de las instituciones más sensibles del Estado— resulta alarmante observar la conducta de la mayoría de los precandidatos presidenciales del Partido Revolucionario Moderno (PRM).

Callan, y miran hacia otro lado, guardan un silencio que pesa, que incomoda y que delata.

En medio de ese mutismo colectivo, solo una voz ha salido a dar la cara: Guido Gómez Mazara, quien no se escondió, no calculó, ni esperó a que el escándalo se enfriara. Ha sido el único precandidato del PRM que condenó públicamente los hechos. Él marcó distancia de lo bochornoso y defendió el principio de la transparencia sin rodeos. Al mismo tiempo, respaldó al presidente Luis Abinader en su discurso y acción a favor de un Ministerio Público independiente. Esto es algo inédito en la historia política reciente de la República Dominicana.

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Los demás, en cambio, optaron por el camino más cómodo: callar. Ese silencio es aún más grave cuando se recuerda que muchos de esos mismos actores, en tiempos pasados, se erigían como abanderados de la moral pública. En aquellos tiempos, cuando la corrupción era ajena, se denunciaba al adversario político —al PLD morado, al verde ahora FUPU, al pasado—. En ese entonces sí había micrófonos, discursos encendidos y poses heroicas. Hoy, cuando la sombra de la corrupción toca puertas propias, el valor desaparece.¿De qué sirve repetir como mantra que “no hay impunidad” si al mismo tiempo se tolera el robo? Y se protegen estructuras. Además, se nombran funcionarios para hacer exactamente lo mismo que se criticaba ayer. La coherencia no se proclama: se demuestra.

El país y su gente no son ingenuos, y entienden que cuando un precandidato presidencial guarda silencio frente a la corrupción, está eligiendo bando. Y ese bando no es el de la transparencia ni el del cambio prometido. Es el bando de la conveniencia, del cálculo electoral y del miedo a incomodar.

Lo ocurrido recuerda peligrosamente el fenómeno de los llamados narco-candidatos. De hecho, muchos sabían, pocos hablaron, y casi todos callaron. Hoy el patrón se repite, y el silencio vuelve a delatar.

Por eso, guste o no, Guido Gómez Mazara queda marcado como la excepción. Él es el único que ha sacado la cara. No se ha escondido detrás de discursos vacíos ni silencios estratégicos. Además, entendió que combatir la corrupción empieza por condenarla, incluso cuando incomoda a los tuyos.

Los demás precandidatos del PRM deberán explicarle al país por qué callaron. Esto es importante ya que en política, el silencio también roba credibilidad. Y esta vez, además del robo, el país no merece seguir soportando la burla.

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