
Un refrán muy usado en nuestro país dice que “quien siempre vientos, cosecha tempestades”.
Los países que han “sembrado” guerras también han tenido tenebrosas cosechas. Al ocupar territorios, las naciones que han impulsado las guerras de tiempo en tiempo han sembrado balas, tanques, misiles, minas personales, ametralladoras, cohetes, granadas y otra cantidad de armas mortíferas. Esa siembra, en Vietnam, en Quisqueya, en Irán, Irak, Afganistán, Panamá, El Salvador, Nicaragua y otra cantidad de naciones han dejado solo frutos tenebrosos. El resultado de la cosecha de guerra es muerte, destrucción de hogares y fábricas. Invalidez, huérfanos, viudas, producción destruida, millonarias pérdidas, en fin una cosecha nada positiva ni envidiable.
¿Porque entonces hay naciones que se han empecinado por años en incentivar, motivar, sustentar provocar y transportar guerras de forma permanente? Hay quienes aseguran que quienes inducen las guerras sustentan su economía en esta orgia de sangre y destrucción. Es terrible pensar que hay seres humanos que ven en la matanza y la destrucción su modo vivendi. Hoy Ucrania y Rusia, Irán e Israel se enfrascan en una lucha donde la vida ha dejado de tener valor para algunos. Es triste escuchar cómo se vanaglorian algunos de los muertos que dejan sus misiles, barcos de guerra y aviones destructores.
Doloroso pensar que de esas guerras destructoras, hay naciones y empresarios que engrosan sus fortunas ensangrentadas. Nos sumamos a la voz del papa León que clama por el retorno de la paz a cada zona de guerra.
Oramos por el respeto a la libertad de cada nación. Para que la siembra de guerra deje de ser incentivada. Porque de ella, solo se cosecha MUERTE Y DESTRUCCIÓN.