
El dominicano es un pueblo cristiano. Devoto. Muy religioso. La mejor muestra son las decenas de templos de diversas denominaciones que se han levantado a lo largo del territorio. Pero la mejor y más fehaciente demostración es la existencia y consolidación de cientos de iglesias donde se congregan los seguidores de la fe católica. Al llegar la Semana Santa y muy a pesar de las voces de muchos que abdican, y pregonan mensajes en contra de esta conmemoración, somos más los que profesamos respeto y adhesión al recogimiento en estos días. Claro, es y tiene que ser distinta la celebración hoy en día. La vida no es estática. La vinculación, cada vez más, de la iglesia con su pueblo, ha hecho que las demandas, las comparaciones, los rituales adquieran un giro diferente a los que tenían hace 30 años o más. Sin embargo, el objetivo principal, recordar el paso del hijo del creador por la tierra, sigue vigente. El porqué de su sacrificio sirve de ejemplo. Creyentes y no creyentes lo admiten. Cambios hay, cierto, ayer, cuando llegaba la Semana Santa las oraciones eran por la paz mundial y familiar, la unidad, una vida más decente y holgada. Hoy, seguimos orando por esas cosas, pero agregamos peticiones como el cese de la delincuencia, la violencia y el irrespeto a la vida. Hoy, por ejemplo, los suroestanos incluimos en nuestras oraciones, el pedido para que Dios ilumine a nuestro presidente Luis Abinader para que ordene ejecutar las obras complementarias del proyecto Monte Grande. Solo así se completaría lo que hemos denominado EL METRO DEL SUR. El Papa ora por la salvación de las almas, por el fin de la guerra. Es enfático en asegurar que quienes levantan banderas de muerte no profesan una verdadera fe en el creador. Que cese la guerra en Irán no es solo un clamor de la Santa Iglesia Católicas, es de gran parte de los ciudadanos del mundo. Tenemos fe en que, pasada esta Semana Santa, se hayan iluminado las mentes de los gobernantes para que piensen más en la paz que en la guerra, en cómo enfrentar el hambre y no enriquecer a sus adeptos, como enfrentar la delincuencia más allá de las promesas. En fin, los tiempos cambian, pero los motivos que dieron origen a la Semana Santa siguen siendo los mismos. Confío que ésta, haya sido una Semana Santa de “oración y reflexión” en paz y armonía. Esta no es la última Semana Santa de tu vida. El próximo año habrá otra y vendrán otras… Demos más espacio a los valores espirituales y menos a la distracción y el ruido. ¡AMÉN!.